LA HISTORIA DE ROGER

LA HISTORIA DE ROGER

Por Juan Samaniego, para Edupasión. Sobre adolescencia y exclusión educativa. Hace casi tres años que Roger dejó el colegio sin terminar octavo de básica. Simplemente dejó de asistir, sin más explicación que el deseo de trabajar y que el licenciado de Sociales lo odiaba. Ahora va a cumplir 17 años y está recostado en la cama, sin saber qué hará ese día. En septiembre sus compañeros estarán en último de bachillerato. ¿Será verdad que la educación lo hará gente y  que podrá tener un trabajo digno si al menos es bachiller, tal como se lo repite su mamá cada vez que puede? ¿Será cierto que en Google está todo y que para qué ir al horrible colegio? Ahora se ha levantado y sale a dar una vuelta. Calle arriba del barrio pobre en el que vive no encuentra a nadie. Cerca del mercado saluda con algún vecino, sigue caminando y a ritmo lento regresa a la casa, a su cuarto , a su cama, a la pantalla del celular, al sin sentido que va tomando su vida. ¿Será que desde que dejó de estudiar han perdido sentido muchas cosas? ¿O será desde antes? A un primo lejano que también se salió del colegio le ha ido muy bien, según lo escuchó decir a una tía.  Su primo consiguió trabajo en una finca cerca de donde vive, a diferencia de él que ha tenido uno que otro trabajito de cualquier cosa. No sucedió lo mismo con una amiga del barrio que se embarazó y, cuando nació su hijo, tuvo que retirarse del colegio y por más que quiso, nunca pudo retornar. Al año se embarazó otra vez, justo antes de cumplir los 16. Mientras permanece recostado piensa en su primo y en su amiga y no sabe porqué. Quizás porque no quiere pensar qué mismo hacer con su vida, si buscar trabajo o terminar el colegio o ambas cosas o cualquier otra cosa. Le parece injusto que su amiga que tuvo un hijo a los 14 no haya podido regresar al cole y que él simplemente no quiera hacerlo. Ha buscado empleo pero no hay nada, como dicen sus panas a los que frecuenta. Tampoco  tiene habilidades o un conocimiento que le facilite encontrar algún empleo. Piensa en todo esto recostado, con audífonos en las orejas y viendo la pantalla del celular. Ahora se ha vuelto a levantar y se dispone a salir y dar otra vuelta. Siente que cada día que pasa se angustia más y que eso de aprender guitarra porque ama la música, se aleja más y se vuelve imposible. ¡Y por qué a mí!  grita en su cuarto cuando no hay nadie en casa, como una explosión de ira contenida porque sabe que el colegio es horrible, que  nunca ha aprendido a tocar la guitarra y, para colmo, ni siquiera tiene un dólar porque no ha conseguido nada que hacer. Antes de dormir y seguro de tener un sueño angustioso, Roger piensa que ya no le importa qué día será mañana. Probablemente lo mismo les sucede a su primo y a su amiga del barrio, igual que a miles de adolescentes en el país. En  Ecuador al menos 80 mil adolescentes de entre 15 y 17 años están fuera del sistema educativo por más de dos años y la permanencia de otro tanto que está estudiando, presenta extrema fragilidad. La historia de Roger es el rostro de buena parte de ellos. Una historia común de miles de chicos y chicas en condición de extrema vulnerabilidad: no tienen estudios completos y están fuera de la educación, asumen trabajos precarios cuando los hay, no tienen capacitación para desempeñar algún trabajo específico, se encuentran en total indefensión frente a los llamados riesgos sociales y no cuentan con oportunidades para desarrollar sus sensibilidades y expresiones. Y quizás, lo más dramático: no tienen a nadie que los escuche.

¿Y QUÉ ESPERARÍA ESCUCHAR ROGER?

Pues alguna certeza frente a lo que él sueña: no solo quisiera volver a estudiar sino tener algún trabajo para apoyar a su madre, conformar un grupo de música y componer canciones. Quizás eso de volver a estudiar, componer canciones y aportar a la economía familiar nos da una pista. Son precisamente tres dimensiones o expectativas que ocurren en forma simultánea y que  expresan un triple drama de  miles de adolescentes en el país respecto a la educación, el trabajo protegido y la creatividad. En suma, miles de adolescentes sin evidencias que  presupongan un futuro positivo. Por lo pronto el país no dispone de respuestas integrales para aquellos adolescentes que antes de tener mayoría de edad ya enfrentan un mundo que les niega toda oportunidad. Cualquier solución requiere partir del principio y reconocer que existen, que no son invisibles, que  están en las esquinas de las calles y comunidades, en sus casas o confundidos  entre sus panas, cuidando el embarazo o criando niños, o trabajando en oficios que atentan contra todo derecho fundamental. Adolescentes que viven sin nada que los contenga o proteja. Reconocerlos, por tanto, significa comprender la importancia de un enfoque integral para construir alternativas y soluciones. ¿Un enfoque integral de respuestas a lo que requieren los adolescentes y jóvenes que articule escolaridad, empleo protegido, protección y expresión? Pues sí. Tras la historia de Roger, hay muchas otras de adolescentes que en su día a día demandan de alternativas para sus múltiples expectativas. Se trata de una población con características específicas que requiere de atención integral frente a la multiplicidad de carencias que afronta. La inclusión de adolescentes con rezago educativo, por tanto, no se reduce a la acción programática o curricular de una oferta de estudios. El desafío es ciertamente mayor. ¿Cómo pasar de una gestión fragmentada, desarticulada y centralizada de los programas públicos hacia otra que articule prioridades, acciones y respuestas integrales? Lo cierto es que frente a la historia de Roger, las respuestas que se requieren no pueden dejar de lado el carácter mutidimensional de la situación vulnerable de miles de adolescentes que en cantidad, abarrotarían al menos cuatro estadios grandes y que muy pero muy pronto serán los jóvenes del futuro.

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