LERO LERO

LERO LERO

Roque Iturralde – Para Edupasión Entre las características de la educación que recibimos la generalidad de los ecuatorianos, está la intención de formar personas productivas y altamente competentes, es decir con muchas capacidades para resolver los retos que diariamente se nos presentan. Tras una decodificación sui generis de ese concepto de competencia, en gran medida la educación se ha volcado hacia la formación de seres altamente competitivos, que no es lo mismo. Los sistemas de medidas y evaluación, basados en la calificación con notas que cuantifican “el conocimiento”, es decir la capacidad para retener en la memoria aquellos axiomas y conceptos dictados por el sistema; la educación se ha centrado en la creación de un ambiente en el que los alumnos compiten por tener mejores notas, por ser “primeros de la clase”, por ser “mejores que los otros”. Poco o nada valoran las técnicas de evaluación el esfuerzo individual por consolidar los conocimientos; las condiciones del entorno de los alumnos y su manera de influir en sus aprendizajes; la pertinencia del curriculum frente a su identidad y su realidad cultural; los intereses diversos y las diversas formas de aprender que cada uno tiene. No es raro, entonces, que un sistema que premia al que mejor repite los discursos de sus docentes; que distingue y coloca en un altar a quienes logran diferenciarse de los demás  por ser más inteligentes o más educados; que destruye la autoestima de esos alumnos que, muy a pesar de sus intentos, no logran el modelo consagrado de excelencia; no es raro que con frecuencia nos presente la imagen de esa niña o ese pequeño que, sacando la lengua a los demás y haciendo un gesto burlón con las manos a la altura de su cabeza, les grite a los otros, LERO LERO, para dejar claro quién es quién.

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